Sión-Otec: el nacimiento de una dinastía
- Julián Blanco

- hace 2 horas
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En plena época dorada de los colegios, el Sión dio origen al proyecto que marcaría un antes y un después en el voleibol femenino nacional.

En el deporte, como en la vida, hay decisiones que parecen insignificantes, pero que en realidad tienen el potencial de cambiar la historia. Una de ellas es la que da origen a esta nota, porque un día a Juan Acuña se le ocurrió pedirle consejo a Gerardo Esquivel, y desde entonces el voleibol en Costa Rica nunca volvió a ser el mismo.
Aquel joven, que todavía no había cumplido los 25 años, ya practicaba el voleibol, aunque sin destacar a nivel mayor. Sus estudios tampoco estaban encaminados hacia este deporte, pero su paso por la Universidad de Costa Rica (UCR) le permitió conocer a Esquivel, un entrenador de amplio recorrido que pronto necesitaría un sustituto en el Colegio Sión:
“Existía una Asociación Nacional de Voleibol que se volvió obsoleta y tenía muchos problemas. Intervino el Consejo de Deportes y formó la Comisión Reestructuradora, donde estábamos Fabio Goñi, Hugo Hernández y mi persona. Para participar yo tenía que dejar de ser entrenador, y conocía a Juan porque jugaba en la UCR. Nos hicimos amigos y me indicó que quería aprender, entonces lo llevé a entrenamientos para enseñarle y empezó a capacitarse con cursos de la FIVB. Me cayó como anillo al dedo”, relata Esquivel.
Y de esa manera, gracias a su propia iniciativa, pero también a las circunstancias del voleibol costarricense, Juan Acuña terminó como entrenador del Sión, uno de los semilleros más importantes del país. Todavía no era equipo de Primera División, pero eso estaba pronto a cambiar.
INICIOS
Oriundo de La Puebla de San Carlos, Juan Acuña comenzó a jugar voleibol en el Liceo de ese cantón. De ahí pasó al Instituto de Alajuela y luego al Colegio Saint Francis, donde vivió los mejores años de su carrera y, sobre todo, decidió incursionar en los banquillos. Porque Acuña, ya completamente alejado de la Zona Norte, se convirtió en promotor de voleibol en el equipo de Uruguay de Coronado y el Colegio Madre del Divino Pastor.
Atención al uso de la palabra “promotor”, porque para convertirse en “entrenador” todavía faltaba aquella mencionada decisión al inicio: pedirle consejo a Gerardo Esquivel, a quien conoció una vez ingresó a la UCR para estudiar Contaduría.
“Era un jugador del mismo nivel de todos, pero muy esforzado. En ese tiempo no tenían los sistemas de ahora: él tenía muy buen salto y mucha fuerza, entonces remataba. Como entrenador claro que tenía potencial, porque cuando una persona pide ayuda es por humildad, no como otros que se tiran al agua sin saber nada”, agrega Esquivel.
Esa guía, sumada a los cursos de la FIVB que realizó en México y Puerto Rico, sentó las bases para el Juan Acuña entrenador, ese que encontró su oportunidad con la Comisión Reestructuradora del Voleibol en 1978. Porque si bien Gerardo Esquivel se mantuvo cerca algunos años más, el proyecto ya tendría el sello del sancarleño.
COLEGIO SIÓN

Melvin Mena fue el primer entrenador de renombre en San Vicente de Moravia. Considerado uno de los pioneros de este deporte en Costa Rica, también dejó huella en proyectos como el Liceo de San José (tricampeón intercolegial masculino) y en diversas selecciones nacionales. Con él se gestó esa tradición voleibolista del Colegio Sión, que no hizo sino incrementar con la llegada de Gerardo Esquivel en 1977. Para entonces, el entrenador ya era reconocido por su trabajo en UNA/La Salle, donde había conquistado títulos de Copa y varios subcampeonatos nacionales.
“Casi todas éramos pequeñas, entonces él dijo que íbamos a explotar la defensa, que teníamos bastante buena. Eso y el saque lo teníamos excelente. Los entrenamientos eran fuertes, nos encantaba. Gerardo estaba también en el Colegio La Salle, entonces muchas veces nos ponía a entrenar contra hombres. Ahí empezó la disciplina: la hora era en punto, ni un minuto después. Se hacen las cosas bien o no se hacen”, recuerda Beatriz Rodríguez, colocadora del equipo.
El impacto fue tal que ese mismo año el Sión fue campeón intercolegial, lo que dejó una generación de jugadoras que pronto daría el salto a escenarios más importantes. Porque apenas un año después, en 1978, apareció Juan Acuña, en primera instancia junto a Esquivel, quien se mantuvo en el colegio como profesor de educación física (ya que Juan era contador de profesión) y con Francisco Polanco, conocido como su “hijo de voleibol”.
“Conocía a varias jugadoras desde que era Infantil, porque el Sión nos prestaba el gimnasio a los hombres del Liceo Laboratorio; y con Juan inicié en un equipo Juvenil que él tenía en Coronado. Siendo jugador empecé a ayudarle en entrenamientos de las mujeres del Sión, entonces poco a poco me fui acomodando. Estuve con él como de los 16 a los 21 años, hasta que Atenas me llamó para ser entrenador del equipo femenino”, comenta Polanco.
Acuña, quien también dirigía en el Colegio Madre del Divino Pastor, incorporó a varias jugadoras al proyecto del Sión. Entre ellas estaba Rose Mary Chavarría, quien terminaría convirtiéndose en la capitana y una de las figuras más emblemáticas del voleibol costarricense.
“Yo jugaba basket, pero Juan introdujo el voleibol en el colegio cuando yo estaba en cuarto año. Cuando salí me dijo que Esquivel me quería en el Sión. Yo quería jugar JDN, pero me metieron de una a Primera División. El Gordo fue más que un entrenador, fue como mi segundo papá. Éramos muy unidos, siempre andábamos juntos. Me ayudó porque mi técnica era de basket, no de voleibol, entonces me enseñó mucho”, cuenta Chavarría.
De esta manera, el Sión reunió a canteranas de distintas generaciones como Ana Eugenia “Macha” Gil, Mary Ann Webb, Mary Anne Zúniga y Beatriz Rodríguez, además de refuerzos como la propia Chavarría y Azucena Villarreal (más de ella más adelante). Un grupo listo para competir por objetivos más ambiciosos, pero faltaba un pequeño gran detalle: llegar a Primera División.
La oportunidad apareció gracias a la Comisión Reestructuradora del Voleibol. Ante la necesidad de reorganizar el deporte, se decidió reiniciar los Campeonatos Nacionales mediante un torneo abierto en el que los diez mejores equipos obtendrían un lugar en la máxima categoría.
“Hubo un torneo abierto entre todos los que se presentaran, y los diez primeros lugares formarían parte de Primera División. Fue en 1980 cuando se consolidó la Comisión e hizo todos los reglamentos para ese torneo”, explica Esquivel.
El Sión estuvo a la altura y finalizó dentro de ese grupo de privilegiados. Así, el equipo aseguró su presencia en la Primera División y quedó listo para medirse contra las mejores voleibolistas del país.
DE NICARAGUA PARA COSTA RICA

El 19 de julio de 1979, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) entró victorioso en Managua y puso fin a la dictadura de la familia Somoza. El conflicto duró más de 15 años y dejó profundas consecuencias para miles de nicaragüenses. Para la familia Castaño significó la muerte de Alfredo, juez de policía de los Somoza, junto a uno de sus hijos.
Alfredo era padre de Karla Castaño y abuelo de Azucena y Amanda Villarreal, protagonistas de esta historia. Su asesinato provocó que la familia completa huyera a Costa Rica, aprovechando que Marta Moreno Campos, esposa de Alfredo, nació en Orotina. Finalmente se instalaron en Los Lagos de Heredia, donde las tres jóvenes crecieron rodeadas de actividad deportiva.
“Llegó un momento donde hubo una oleada de migración cubana, entre ellos un entrenador de voleibol que nos enseñó a jugar. Yo empecé a los 16 años con un equipo del barrio. Francisco Polanco me vio jugar y le habló a Juan Acuña. Ellos me invitaron a un partido y ahí empecé. Mido 1,80 desde que tenía 17 años, entonces el biotipo rápido me puso a jugar. Me solté mucho en el deporte, jugaba béisbol y básquetbol, pero me enamoré del voleibol”, narra Azucena Villarreal.
El talento de Azucena llamó de inmediato la atención de Juan Acuña y Francisco Polanco, quienes no tardaron en intentar repetir la fórmula. Así llegaron a su hermana Amanda y su tía Karla Castaño, conformando un grupo que elevaría considerablemente el nivel del Sión.
“Mi hermana Azucena era tan atleta que mi padre le dijo: 'Te doy permiso que vayás a jugar si te llevás a tu hermana menor de chaperona'. Yo me llevaba muy bien con mi papá por ser la menor, y parece que él confiaba más en mí que en ella. Entonces Azucena le dijo a Juan que podía llevarme, y él le preguntó: '¿Es alta?'. Ella respondió: 'Sí, no es como yo, pero sí'. Entonces le dijo: 'Traela, aquí le enseñamos voleibol'”, cuenta Amanda.
“Fuimos y todo excelente, teníamos una estatura considerable para la época. Al principio Juan nos confundía a Amanda y a mí. Éramos parecidas, y cuando la hicieron colocadora una vez nos confundieron y nos cambiaron posiciones. Sobra decir que no funcionó”, agrega Castaño entre risas.
De esta forma, aunque Azucena fue la primera en llegar, el Sión reunió un tridente de nicaragüenses con raíces costarricenses que marcaría época, aunque de manera breve. Juntas conquistaron un tricampeonato juvenil con Zepol y defendieron con éxito la camiseta de la Selección Mayor de Costa Rica.
“Había papás que nos llamaban la familia ' Chimpinilla' porque siempre estábamos adelante, en las posiciones 2, 3 y 4. En Nicaragua le dicen chimpinilla a la espinilla, y nos decían así porque sabían que somos nicas”, finaliza Castaño.
LA CONSAGRACIÓN DE SIÓN-OTEC

Con el talento reunido y listo para competir en la máxima categoría, el Colegio Sión se convirtió en protagonista desde su debut en Primera División. Alcanzar las semifinales pasó a ser una constante, aunque para levantar el título todavía era necesario superar a otros proyectos.
Y es que se trataba de una época de transición dentro del voleibol costarricense. El reinado de la UCR comenzó a acabarse tras más de una década de dominio, aunque a las universitarias les quedaba un último año de gloria. Al mismo tiempo, los equipos colegiales entendieron que había llegado la oportunidad de sumar campeonatos. El primero en aprovecharlo, tanto a nivel femenino como masculino, fue el Calasanz de Gerardo Solano.
“Era un equipo disciplinado, ordenado, con jugadoras de mucha experiencia y novatas que eran del colegio, una combinación que nos hizo ganar. Era un equipo que entrenaba, trabajaba duro, y por eso se dieron los campeonatos”, comenta Solano.
Con figuras como Hannia Campos, Ana Oconitrillo, Leticia Pérez o Guiselle Fernández, el Calasanz consiguió el bicampeonato en 1982 y 1983, el primero contra el Sión y el segundo ante la UCR. Pero en 1984 apareció una de las especialidades de Juan Acuña: la capacidad de conseguir patrocinios para impulsar sus proyectos.
Fue así como llegó Otec, una agencia de viajes enfocada en el turismo estudiantil. El proyecto presentado por Acuña, quien además de entrenador era administrador y contador, convenció a la empresa de respaldar al equipo. La alianza no tardó en dar resultados y Sión-Otec conquistó ese mismo año su primer Campeonato Nacional, precisamente en una revancha ante Calasanz:
“Siempre las finales son intensas, pero la que recuerdo más difícil fue la primera cuando éramos Sión, contra Calasanz. Por supremacía y experiencia tenían todas las de ganar”, admite Azucena Villarreal.
“Antes de jugar contra esos equipos Juan nos reunía y había unos minutos en que cogía una pizarra y nos explicaba todos los puntos fuertes y débiles... Calasanz tenía a Davone Lewis que remataba fuertísimo, pero identificamos que siempre al mismo lugar, entonces se podía defender”, añade Beatriz Rodríguez.
Aquella sería la última Final Nacional para el Calasanz a nivel femenino, y de paso la última de Sión-Otec. Porque en 1986 llegó un nuevo patrocinador que llevaría al equipo a cotas más altas y que conseguiría la racha de campeonatos más larga que había visto el voleibol costarricense hasta entonces.
Su nombre era Zepol.}
Acá recortes de periódico tras la final de 1984 contra Calasanz.
Punto de Partida agradece a Rose Mary Chavarría, Azucena Villarreal, Beatriz Rodríguez, Mary Ann Webb, Amanda Villarreal, Karla Castaño, Gerardo Esquivel, Mauricio Prado, Francisco Polanco y Gerardo "Chino" Solano por sus aportes.









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